Monterrey, Nuevo León, 21 de marzo de 2026.- El gobernador Samuel García y su esposa Mariana Rodríguez se colgaron la medallita de haber obtenido un Récord Guinnes de más personas limpiando un río, pero no dijo que no eran «voluntarios», sino que eran personas obligadas a asistir.
Lo venden como un logro ciudadano, como una muestra de compromiso social. Pero detrás del espectáculo hay otra historia: la del “voluntariado” a fuerzas.
Con al menos dos semanas de anticipación, personal de distintas dependencias estatales recibió la instrucción: asistir sí o sí.
No fue invitación, no fue convocatoria abierta, no fue un acto espontáneo. Fue una orden. En muchos casos, en día de descanso.
Y es que en ocasiones poco ha importado que algunos de los asistentes sean adultos mayores que pidan sufrir una caída durante las jornadas de limpieza o simplemente bajar al río Santa Catarina.
No es un hecho aislado. Es una práctica que se repite: acarreos disfrazados de participación, eventos inflados con burócratas obligados a llenar espacios y aplaudir.
La narrativa oficial habla de ciudadanía activa; la realidad apunta a estructuras de presión. El mensaje implícito es claro: si no te gusta, ahí está la puerta.
Así, el aparato gubernamental se convierte en maquinaria de asistencia obligada, donde el tiempo, el esfuerzo y hasta la dignidad del personal se subordinan a la imagen del mandatario.
Más grave aún: cuando estas actividades se realizan en horario laboral o implican recursos institucionales, se abre la puerta a un posible uso indebido de recursos públicos.
Todo para alimentar una narrativa de éxito personal. Porque al final, el reconocimiento no es para quienes limpiaron el río bajo presión. Es para quien capitaliza políticamente la foto.
No es voluntariado. Es simulación.Y en Nuevo León, la simulación también rompe récords.








